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Subiendo el Cerro Sarnoso, Osorno, Chile.

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Fue en abril cuando decidimos subir el Cerro Sarnoso. El día amaneció despejado, con ese aire fresco que anuncia el cambio de estación. Partimos temprano, con un termo de café y algo de fruta, avanzando sin prisa. La idea era caminar, observar y respirar un poco más lento.

El sendero comenzaba entre pastos húmedos y matorrales bajos. A medida que avanzábamos, el paisaje se abría. Los árboles quedaban atrás y el viento empezaba a sentirse más fuerte, frío, pero limpio. En el horizonte se alzaban los volcanes, con sus cumbres nevadas brillando al sol. Puerto Varas quedaba abajo, pequeño e inmóvil junto al lago.

Subir el cerro no era difícil, pero sí exigente. De esas ascensiones que te obligan a encontrar un ritmo y mantenerlo, paso a paso. A veces no hablábamos; otras, lo hacíamos solo para compartir una observación o una sonrisa. Alba se detenía a menudo para admirar las texturas de las piedras, los tonos de los pastos secos, las pequeñas flores aferrándose a la vida entre las rocas. Son esos detalles los que hacen distinta una caminata, como si el lugar se revelara únicamente a quienes se toman el tiempo de verlo de verdad.

Al llegar a la cumbre, el viento se intensificó y el silencio fue casi absoluto. Nos sentamos un momento a descansar, mirando hacia el lago. Desde allí podíamos verlo todo: los volcanes Osorno, Calbuco, Puntiagudo, Casablanca y Puyehue, y los lagos extendiéndose como un espejo, con las nubes moviéndose rápidas y cambiando la luz a cada instante. No hacía falta decir nada. Era uno de esos momentos que hablan por sí solos.

Nos quedamos un buen rato, hasta que el sol comenzó a caer y el cielo tomó ese tono dorado que solo el otoño en el sur sabe dar. Entonces iniciamos el descenso, despacio, dejando que la luz nos acompañara hasta el final del sendero.

De regreso, con un ligero cansancio en el cuerpo y la mente despejada, sentimos esa calma que proviene de los lugares donde el tiempo parece detenerse.

El Cerro Sarnoso nos regaló eso: una pausa. Una mirada más larga. Y la simple —pero rara— sensación de estar exactamente donde uno quiere estar.

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